viernes 18 de septiembre de 2009

LOS PROFESORES PASAN A SER AUTORIDAD PÚBLICA AMPARADOS POR LA LEY

Hace escasos días los medios de comunicación se hicieron eco de la nueva propuesta de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, concerniente a la educación pública de dicha comunidad: en aras de proteger la seguridad e integridad física de los docentes, ha declarado que los investirá con la categoría de autoridad pública, proporcionándoles el mismo estatus social y jurídico que el de un juez o un policía. Obviamente, ante una propuesta tan controvertida, las respuestas de detractores y partidarios no se han hecho esperar. Conviene que se analicen para determinar cuáles son los argumentos en que se basan ambas posturas.
Los partidarios de dicha medida consideran que es necesaria una disposición legal que, mediante las vías judiciales y penales, conceda a los profesores una seguridad dentro de su ámbito laboral que, paulatinamente, han ido perdiendo, viendo cómo su antigua reputación social ha ido menguando hasta casi convertirse en enemigos de los padres, quienes - no todos, afortunadamente - anteponen una celosa y enfermiza protección de sus retoños a la independencia de criterio y labor educativa de los profesores, culpándoles de todas las faltas de los niños. Paradójicamente, quienes se comportan como gallinas cluecas celosas de sus polluelos en no pocas ocasiones pretenden e incluso exigen que los profesores adopten un rol paternal con los alumnos, transgrediendo todo límite de la profesión del maestro que, actualmente, hallándose en una situación de desamparo por la demonización a que se ha visto injustamente reducido, es incapaz de inculcar ningún valor ni conocimiento a unos niños que no dudan en amenzar y agredir física o psicológicamente a quienes antes gozaban de prestigio y autoridad reconocida por la sociedad. Por esta pérdida de prestigio y autoridad social, sindicatos de profesores y diversas asociaciones de padres claman la necesidad de unas medidas legales que devuelvan la disciplina, la educación y el control a las aulas para garantizar un buen clima en la relación alumno-profesor, conviertiendo al segundo en una figura protegida celosamente por la ley, imponiendo este respeto al alumno gracias a una ley.
Por contra, los detractores de dicha medida consideran que la idea que propugna, es decir, un reconocimiento y autoritas para el magister actualmente desaparecidos no deben reponerse mediante una imposición externa que establece una jerarquía forzada donde se da una relación desigual entre alumno y profesor, hallándose el alumno amenazado por una ley que le recuerda quién es el profesor, con lo cual no se da una interiorización moral autónoma de dicho reconocimiento del docente, sino que es una obligación que debe acatarse porque la ley dice que debe ser así. Lo que probablemente temen los sectores detractores de esta medida es que a largo plazo esta pase a ser un retorno de los tiempos en que el profesor poseía un poder incontestable y el alumno asumía forzosamente un papel de dominado ante un dominador poseedor de privilegios casi ilimitados. Estos sectores no obvian la actual situación desastrosa en que se hallan los maestros, sino que abogan por un retorno del prestigio y autoridad socialmente respetada mediante los valores de la educación que permitan una interiorización autónoma de los mismos. No hay que imponer, sino enseñar, dejando espacio para la reflexión fruto de la razón y de la madurez. Esto supone una gran diferencia con los partidarios de la polémica medida de Aguirre: si la imposición de esta ley proviene de los juzgados y del dictamen de los jueces, la postura de los detractores de dicha ley requiere de una materialización fruto de la educación recibida de los padres, quienes deben preocuparse por transmitir dichos valores, favoreciendo un diálogo con los hijos y una sana discusión.
Ambas son dos posturas que no pueden abrazarse ni rechazarse totalmente dada la situación actual de nuestra sociedad por diversos motivos: los padres cada vez pasan menos horas con sus hijos, lo cual supone que los maestros deben suplir las carencias educativas de los hogares convirtiendo las escuelas en segundas residencias; muchos progenitores sobreprotegen a sus hijos, confiriéndoles consciente o inconscientemente una impunidad casi total ante las consecuencias de sus actos, incapaces de asumir responsabilidad alguna; dado el mayor desapego familiar que se vive en estos días, desafortunadamente, muchos niños optan por la ley del más fuerte, imponiendo un régimen del terror a sus compañeros y a los profesores mediante la violencia verbal y física, viéndose los padres sumidos en una situación de impotencia que les priva de reeducar y controlar a sus vástagos; no debemos obviar que los profesores están totalmente desamparados debido a que los niños pretenden obtener por la fuerza toda la libertad que se les antoje, sin importarles la intromisión en terreno ajeno, y los padres, en un exceso de vil indulgencia, rompen todo límite y permiten que los infantes sean personas sin referente ético-moral alguno y con una única máxima: EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS.
Visto el panorama, es cierto que hay que tomar algunas medidas preventivas legales, aunque ser tan ingenuo como para creer que una ley devolverá la paz perdida es un craso error. Toda reforma que no sea interiorizada autónoma y libremente fracasa porque la persona se ve privada de una reflexión que le indique por qué eso o aquéllo está bien o mal. Intentando devolver la autoridad social y el prestigio del magister con un puñetazo en la mesa es únicamente efectivo a corto plazo. A largo plazo el caos vuelve a instaurar su dominio porque quienes sufren el peso de la ley no pueden interiorizar libremente lo que se propugna, sino que se impone porque los jueces deciden que aquella medida es buena.
En este escrito no hay la voluntad de dejar todas las cosas tal y como están, sino que se insta a un pacto entre todos los sectores de la sociedad para hallar el consenso que establezca de nuevo los roles del alumno y del profesor mediante el diálogo, la educación, la concordia y, sobre todo, obviando cualquier politización.

viernes 4 de septiembre de 2009

LOS EXCESOS NACIONALISTAS PASAN FACTURA

Llevamos cierto tiempo remodelando los Estatutos autonómicos que en la década de los 80 dieron lugar a la actual España, el Estado de las Autonomías, conformada por diversas Comunidades Autonómas, no todas ellas con los mismos privilegios ni las mismas categorías, representantes de un tema inexplicablemente espinoso: la plurinacionalidad española. Al haber hablado de este tema en ocasiones anteriores, no se volverá a pormenorizar en esta cuestión que sigue siendo debatida por las distintas posiciones ideológicas y se procederá a analizar un caso de singular importancia: la reforma - o prácticamente reescritura - del Estatuto Autonómico de Cataluña.
El Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero dio luz verde a la propuesta de una inicial reforma del Estatuto de Cataluña, empresa que en un principio no debía alcanzar un cariz polémico ni ofensivo para el resto del Estado. Sin embargo, cuando se consintió proceder a dicha reforma, desde Madrid se olvidaron de revisar la Constitución, ese texto que es la madre de nuestras actuales libertades, instituciones y democracia, así como del Estado de las Autonomías, para cerciorarse de que dicha reforma no entrase en contradicción con la Carta Magna. Gravísimo error por parte del Gobierno y del PSOE. Las reformas siempre pueden aportar experiencias positivas, nadie duda de ello, aunque antes de emprenderlas se deben consultar cuáles son las leyes establecidas para llevarlas a cabo. Habiéndose olvidado de la Constitución, se presentó en el Congreso de los Diputados un texto que, para asombro de muchos, había sido realizado a partir del mismo error: la Generalitat de Cataluña había elaborado el borrador de ese hipotético nuevo Estatuto sin consultar los artículos constitucionales. ¿Cómo se constató dicho olvido? Pues con artículos referidos al estatuto de nación de Cataluña - entraba en contradicción con el modelo de Estado-Nación que propugna la Carta Magna -; a los poderes que poseen las instituciones jurídicas y administrativas autonómicas - curiosamente instituciones como el Síndic de Greuges, equivalente autonómico al Defensor del Pueblo del Gobierno central, adquiría un peso excesivo respecto a su poder real y se establecían extrañas remodelaciones en cuanto a la recaudación de impuestos a nivel autonómico y curiosas relaciones posteriores con la Administración central -; artículos que propugnaban que la única lengua de Cataluña era el catalán - sentencia que, por cierto, fue eliminada y sustituida por otra que reconocía el bilingüismo - y exigencias en cuanto a nivel político basadas en vetustos derechos históricos para obtener mayor autoridad política y así situarse por encima de las demás comunidades autónomas, sin ningún reparo en incurrir en una flagrante insolidaridad, entre otras perlas que recogía un Estatuto totalmente distinto al anterior.
El borrador que se presentó hace casi dos años fue motivo de acaloradas discusiones entre los distintos grupos políticos, con la mayor oposición a la reforma del Estatuto presentada al Congreso de los Diputados por parte del PP, quien muy acertadamente lo tildó de anticonstitucional al haber sido elaborado a espaldas de los artículos de la Constitución española y, en la mayor parte del escrito presentado, sin tan siquiera respetarla. A pesar de la batalla que se acababa de desencadenar, la administración ZP y el gobierno autonómico catalán - que no el pueblo catalán - tenían prisa e interés por aprobar dicho Estatuto debido a una cuestión de suma importancia: el PSOE había ganado las elecciones generales del 2004 gracias al apoyo de los grupos nacionalistas de izquierdas, entre los cuales se hallaban ERC e ICV, ambos férreos propulsores de la aprobación del borrador presentado. Esta situación dio lugar a un cansino proceso de reescritura, peleas y descalificaciones entre los diversos diputados y hasta discusiones entre los miembros del Parlamento catalán. Este panorama dio pie a modificaciones del borrador, recortes en los artículos más peliagudos (especialmente los concernientes a temáticas nacionales, lingüísticas e institucionales) y un larguísimo período de negociaciones. Entre tanto, el gobierno catalán, siguiendo los procedimientos democráticos, convocó un referéndum el año pasado para escuchar cuál era el veredicto popular respecto al nuevo Estatuto: la participación no llegó al 50 %, mas, dadas las prisas por aprobar el texto, puesto que los escasos ciudadanos que fueron votar optaron por el SÍ, la sibilina conclusión fue que los catalanes - aunque se debería haber dicho que menos de la mitad de la población catalana - daban un sí a la reforma del ya por entonces célebre nuevo Estatuo de Cataluña, orquestrado por el PSC, CiU y esos pequeños diablillos que son los grupos nacionalistas catalanes de izquierdas, irrespetuosos con todo lo que no sea catalán.
En los meses siguientes, los diputados catalanes, amparados por un antidemocrático sí fruto de la decisión de menos del 50 % por ciento de la población de Cataluña - por lo que se ve poseedora de un poder de votación equivalente a los votos del 100 % -, presentaron la quincuagésima versión del maldito texto con la intención de obtener el sí del Congreso de los Diputados. Como por aquel entonces ZP contaba con el apoyo de la totalidad de los nacionalistas de izquierdas, el recorte del recorte del texto fue aprobado y se mandó al Tribunal Constitucional para que ratificara o rechazara la decisión allí tomada. Vuelta a empezar con larguísimos debates, iniciales síes y posteriores noes hasta la actualidad, sin nada resuelto. Pero lo que está sucediendo actualmente merece un párrafo aparte porque es de chiste.
El pasado mes de julio, cuando el TC - Tribunal Constitucional - debía pronunciar su fallo respecto a la constitucionalidad o anticonstitucionalidad del nuevo Estatuto de Cataluña, la institución decidió ser cautelosa y aplazó la fecha para dictar sentencia. Entre sus miembros había discrepancias en cuanto al texto y algunos eran partidarios de seguir recortando, lo cual no es lo más apropiado, ya que las modificaciones deberían haberse producido todas en el Congreso de los Diputados para presentar ante el TC una versión sin fisuras. Pues no. Para más inri, la Generalitat está ejerciendo una presión encubierta hacia los miembros de dicha institución para forzar un sí, sin importarles la salvaguarda de nuestra Constitución. ¿Y el Gobierno no hace nada ante estas amenazas de represalias, sobre todo lanzadas por miembros de ERC? No, sólo quita hierro al asunto. Sin embargo, esta aparente tranquilidad del Gobierno no es más que una pantomima debido a la situación minoritaria en que se halla desde las elecciones de 2008. Si el fallo del TC rechaza el Estatuto, perderá el apoyo de ERC e ICV, con lo cual en un futuro no muy lejano le impediría a ZP y a sus compinches mantenerse en el poder. Fíjense ustedes en la situación que se está viviendo en un Estado de Derecho democrático como lo es España: un Estatuto autonómico pendiente de aprobarse que contiene artículos que ponen en serio peligro la integridad del Estado; un TC presionado por cuatro demagogos nacionalistas exacerbados capaces de todo con tal de conseguir sus objetivos y un Gobierno que puede ver cuestionada muy seriamente su legitimidad si ERC e ICV le retiran su apoyo, dando lugar a una crisis política que probablemente desencadenaría unas elecciones generales anticipadas con urgencia. Si es que vender el alma al mejor postor tiene sus riesgos. Díganselo a ZP, que se vendió a los nacionalistas de izquierdas y ya no puede salir del atolladero en que se ha metido, comprometiendo a todo el Estado por su mezquina ambición. Simplemente patético.

martes 25 de agosto de 2009

EL DESMORONAMIENTO MORAL Y ÉTICO DE OCCIDENTE - I

Desde hace unos cuantos lustros se oyen incesantes rumores que propugnan a los cuatro vientos que en nuestra sociedad occidental ha acontecido la ya archifamosa crisis de valores: el derrumbamiento de los estandartes éticos y morales que nuestros predecesores se esforzaron tanto en conseguir, patente en las nuevas generaciones jóvenes, supuestamente corrompidas por un desmedido hedonismo, sexo sin fronteras, alcohol a raudales y despreocupación por todo aquello que suponga un mínimo de trascendentalidad. Las voces provienen de las antiguas generaciones y de ciertos sectores preocupados por salvaguardar los valores ético-morales occidentales, cuya precisión nunca ha sido, por cierto, efectuada por nadie en concreto. Es más, se nos bombardea constantemente con noticias de escabrosos sucesos, tales como violaciones perpetradas por prepúberes, y de otros que no lo son tanto como reformas de leyes tan peliagudas como la celebérrima Ley del Aborto, cuya modificación ha levantado ampollas en sectores eclesiásticos, políticos y de grupos autodenominados pro vida, para ilustrar y demostrar que tal desmoronamiento ético-moral ha tenido lugar ante la pasividad e impotencia de los progenitores de las futuras generaciones, entre las cuales se halla un servidor.
Los occidentales, al sentirnos amenazados de facto o un mero plano teórico por algún desbarajuste somos expertos en buscar culpables, someterlos a juicio popular y, habiendo dado rienda suelta a nuestras pulsiones más bajas y míseras, lanzarnos a un presuroso análisis basado en el monótono esquema de causa-consecuencia para establecer el porqué. Lo curioso es que, cuando en contadas ocasiones llegamos al porqué después de habernos vapuleado de todos los modos posibles, nos mostramos incapaces de abandonar las pautas de conducta que han sido calificadas de dañinas por la mayoría y nos mantenemos anclados en aquello que nos empeñanos en clasificar como execrable y desechable. Con esta crisis ético-moral - suponiendo siempre que se haya producido e hipotetizando acerca de una inaudita e inverosímil generación amoral - ocurre lo mismo: todos se quejan acerca de una vergonzosa actitud por parte de los jóvenes que muestra una despreocupación total por toda ética y moral. ¡Y nadie hace nada! (Creo que la asignatura de Educación para la Ciudadanía no es un ejemplo de una alternativa solvente y consistente al ser una concepción ética inculcada a los alumnos como si fueran memos incapaces de reflexionar autónomamente - es ésta la parte más importante de toda ética - acerca de la moral que les han transmitido sus padres y la sociedad)
Retomando el ejemplo antes citado de las tristemente famosas violaciones perpetradas por adolescentes, ante dicho suceso, todo el mundo achacó la culpa de este lamentable suceso a la excesiva indulgencia de la actualmente vigente Ley del Menor. Qué reiterativos que somos nosotros, los occidentales, autoproclamados padres de la sabiduría... Siempre incurrimos en el mismo error: culpar las leyes vigentes y la ideología política hegemónica del momento. ¡Estúpidos! ¿Acaso un endurecimiento de las penas nos librará de estas atrocidades? La respuesta es no. La clave para que muchachos tan jóvenes no se conviertan en monstruos es proporcionar una educación que los ayude a convertirse en personas en el sentido literal de la palabra y no tan sólo en libros andantes que saben (o pretenden saber) un poco de todo. No niego la necesidad de revisar las leyes; es más, hay que hacerlo para que funcionen eficazmente y remedien todo cuanto puedan, pero las leyes por sí solas no solucionan nada. Sin empeño y voluntad de una regeneración ético-moral, no hay nada que hacer.
Respecto a esta crisis ético-moral, si echamos una ojeada a nuestra historia, veremos que no es la única que se haya producido ni tampoco será la última. No hay éticas y morales imperecederas al hallarse en una constante redefinición el ser humano. Es cierto que la ética y la moral burguesas están en crisis y que es urgente que, como bien hemos hecho a lo largo de nuestro camino vital, nos proporcionemos de un modo autónomo, responsable y libre de coacciones un decálogo ético-moral tomando nota de los errores cometidos e intentando hacerlo lo mejor que buenamente podamos. Eso sí, sería ya hora de que dejáramos de lamentarnos continuamente de los errores y que nos pusiéramos manos a la obra para corrergirlos, evitando así que se produzcan nuevas fechorías. Saber para prever.

martes 4 de agosto de 2009

LA INMERECIDA "OBAMAMANÍA"

El nuevo presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha hecho historia al ser el primer afroamericano elegido por el pueblo norteamericano para hacerse cargo del rumbo de su país, la primera potencia mundial desde el pasado siglo XX. Muchos vieron en él, ya durante las elecciones primarias que venció en el tour de force contra Hillary Clinton - actual Secretaria de Estado de los E.E.U.U. - gracias a su magnífica e intachable oratoria, un soplo de aire fresco después de unos desastrosos ocho años de la administración Bush. El pasado 4 de noviembre, al ganar las elecciones generales, todo el mundo puso sus esperanzas en aquel apuesto hombre de 47 años, cuya mirada seductora ha encandilado a millones de personas ansiosas por ver y vivir nuevos tiempos de abundancia.
Gracias a este currículo de éxitos se ha desatado la denominada "obamamanía", que ha divinizado al actual presidente de los Estados Unidos y le ha puesto un altísimo listón que deberá cumplir con el rigor y la seriedad que le caracterizan, a no ser que quiera ser recordado como el mejor populista y demagogo de la Historia. De hecho, desde que fuera investido en el pasado mes de enero, no ha iniciado ninguna de sus grandes reformas, especialmente las circunscritas al ámbito sanitario y económico, que propagó a los cuatro vientos durante su campaña electoral y durante sus primeras semanas de mandato como el político más poderoso del mundo. ¿Dónde está su espíritu progresista y propulsor de cambios? A pesar de ello, cuenta con un gabinete político brillante, procedente en su inmensa mayoría de la añorada era Clinton, empezando por esa gran política que es Hillary Clinton, impecable Secretaria de Estado de la administración Obama. Déjenme que diga algo más acerca de esta poderosísima fémina: ella sí se ha puesto manos a la obra y ha encandilado a todo el mundo por méritos propios y no gracias a bellos discursos que, por ahora, se han quedado sólo en eso, bellos discursos. ¿Es merecida la fama de Mesías que se ha granjeado el actual presidente de los Estados Unidos? Soy receloso a la hora de responder afirmativamente a esta pregunta. Es más, jamás me pareció convincente y no entré en politiqueos correctos acerca de sus orígenes raciales, cuestión que no debe mezclarse con las aptitudes políticas de un personaje como Barack Obama. Siempre pensé que Hillary Clinton era la candidata más sólida, cultivada y preparada para coger el timón del país que mueve al resto de Estados en todas sus decisiones. Es cierto que la campaña de Obama era mucho más atractiva estéticamente y se sirvió de mensajes que conmovieran a la audiencia, mientras que Clinton optó por el pragmatismo americano de ir al grano y no soñar con mundos utópicos, hablando sin tapujos de la situación en que se hallaba su patria.
¿Qué hará Barack Obama? ¿Será recordado como el nuevo Mesías? Francamente, considero que ha sido un gran paso para el denominado black power la elección del primer afroamericano presidente de un país que ha sido y ES tremendamente racista. No debemos olvidarnos que Obama no es un negro marginal, sino acomodado, decentemente formado - su conocimiento acerca del antiguo Al-Andalus es más que cuestionable y dudoso -, atractivo y un gran publicista, mientras que el racismo se ceba con los negros de clase media-baja, de barrios más o menos acondicionados y en situaciones socioeconómicas que rozan la precariedad. Curiosamente, no vi a Obama adentrarse muy a menudo en barrios de negros obreros, sino más bien dirigirse a la clase acomodada progresista. Dudo que emprenda la ya célebre reforma sanitaria, no por falta de voluntad, sino por los obstáculos con los que se topará en el país más ferozmente liberal que hay, y, a nivel económico, no hace nada más que vaticinar el cercano fin de esta crisis económica mundial, desmentido continuamente por las previsiones económicas de los expertos, aunque luego maquillado por su impoluto discurso. ¿A qué viene tanta "obamamanía"? Estaría plenamente justificada si su palabra se viera acompañada de hechos, pero mientras tanto, es inmerecida. Menos hablar y más actuar.

lunes 3 de agosto de 2009

UN LAPORTA BROMISTA

Hace escasos minutos me he enterado de la reciente visita de Joan Laporta, el presidente del Fútbol Club Barcelona, a los Estados Unidos, supongo que debido a algún evento deportivo. Me cuentan que en la rueda de prensa que ha ofrecido ha hecho gala de patriotismo catalán al decir que era oriundo de Cataluña, no de España - espero que lo dijera en inglés y no en catalán, aunque en ocasiones personajes públicos catalanohablantes crean que el catalán es la actual lengua franca y la usen en cualquier lugar, sin tener en consideración alguna la procedencia de la audiencia que pretende entender el discurso que pronunciará el personaje en cuestión -. Ha demostrado una ignorancia flagrante: ¿acaso desconoce que los estadounidenses ignoran la existencia de Cataluña, ya sea porque no se cita en sus manuales de Historia o porque no les importa dónde se halla? Y, francamente, no se les puede recriminar que desconozcan esta comunidad autónoma al no ser un Estado, sino un miembro integrante de España, que sí goza de dicho estatus y es mínimamente conocida por los yanquis, a pesar de que algunos personajillos como el hermanísimo de George W. Bush hablen de la III República española, aún inexistente.
Es curioso cómo siempre que un catalán patriótico sale de las mediterráneas aguas siente la impetuosa necesidad de impregnar cualquier discurso de ese tufillo nacionalista de pandereta propagado a los cuatro vientos por ERC y otros grupos, ya sean políticos, ya sean especimenes ansiosos de mostrar un plumero que, si antaño tenía su gracia, ahora ya empieza a caer en desgracia y genera no pocas antipatías (creo que se ha inventado un término para aquellos que, como un servidor, estamos un poquito hartos de panfletismo nacionalista catalán: "catalanofobia", acuñado por el vicepresidente tercero del gobierno español, don Manuel Chaves). Me imagino que la audiencia norteamericana debe haberse quedado algo desconcertada al oír el nombre del país originario del señor Laporta, Catalonia - o quien sabe, a lo mejor, para que Carod-Rovira y Puigcercós no lo acusaron de fascismo, ha mantenido el nombre en catalán, Catalunya, pronunciando un nombre ininteligible para un norteamericano al, muy comprensiblemente, desconocer el catalán -. Posiblemente más de uno haya pensado que el hombre les estaba gastando una broma y que, como los anfitriones debían saber, el hombre era from Spain, es decir, era Spanish. De todos modos, se le puede perdonar que se invente un nuevo Estado ahora que está tan de moda sacarse de la manga tantísimas cosas: el Plan de Zapatero para potenciar la economía española - traducido en términos lógicos se conoce como Plan Truño -, cuyo fin acontecerá en octubre, devolviendo al paro a los pobres trabajadores que durante unos paupérrimos meses habrán contribuido a levantar toda España en plena época de turismo estival, aunque, ya que ZP quiere cerrar los chiringuitos de playa - sí, sí, como lo oyen - no le debe importar demasiado; la madrileñofobia o un palabro por el estilo, neologismo elaborado por la sapientísima Esperanza Aguirre, la dama de hierro que preside la Comunidad de Madrid, y ahora Laporta se ha inventado que Cataluña es un Estado que, obviamente, debe ser conocido por todo el mundo mundial. ¡Faltaría más! Pues, ya que estamos en plena fiebre creativa, me inventaré algo yo también: la República Balear, conformoda por Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera y Cabrera, cuya presidencia ostento yo en estos momentos, con elecciones autonómicas y municipales convocadas para el próximo 2011. Si es que Laporta, con su finísimo sentido del humor, me ha contagiado su fiebre creativa...

domingo 2 de agosto de 2009

EL TRIUNFO DE LA FRIVOLIDAD

Éxito laboral, éxito en el ámbito económico, éxito amoroso, éxito social... La palabra éxito tiene una avasalladora presencia en nuestra sociedad. Lo ansiamos, queremos sentir el placer que nos produce el ser exitosos. Sin embargo, usamos esta palabra para designar triunfos en lo que podría llamarse el ámbito público, de cara a la sociedad, denotando una continua aspiración a realizarnos en la esfera pública, descuidando aquélla que desde los clásicos ha generado no pocas controversias: la privada, la que concierne única y exclusivamente al individuo, esa parcela destinada a la realización personal con un único fin: ser feliz.
En este siglo XXI que estamos viviendo está ocurriendo algo que debería encender todas las alarmas: el individualismo liberal genuinamente occidental está retrocediendo ante la frivolidad pública. La privacidad se difumina progresivamente con la continua creación de páginas sociales donde la persona puede establecer lazos amistosos virtuales con otros cibernautas, enfriándose y mecanizándose cada vez más las relaciones de cualquier índole conforme crece la importancia de la opinión pública, cuya autoridad en el rumbo que debe seguir el individuo en su vida aumenta pavorosamente sin que éste se percate de ello, anonadado ante los progresos de su civilización. Será exitoso cuando el ojo público orwelliano le conceda tal título, desapareciendo progresivamente la satisfacción personal de las mieles del triunfo conseguidas por uno mismo. Es más, la medalla del éxito con que premia el pastor-sociedad a su rebaño tan sólo es válida en ámbitos donde para destacar no es necesario poseer excelsas virtudes, sino todo lo contrario: maquillar la mediocridad con el culto al cuerpo, seguir los rígidos y efímeros dictados de las modas, saber moverse entre contactos poderosos - política o económicamente -, fingiendo amistad con todo el mundo. Este panorama ha conllevado la creación de una feria de las vanidades encorsetada y carente de matiz alguno para el uso y disfrute de aquellas personas grises que se vanaglorian del triunfo del consumismo, de la cultura de masas, de la globalización que nos mantiene constantemente unidos y supuestamente compartiendo la misma verdad, transmitida a la velocidad de la luz gracias a Internet.
Paradójicamente, este mundo feliz es causa de un sinfín de dolores del alma, como llamaban los antiguos griegos a las depresiones: es abrumador cómo aumentan imparablemente los trastornos psicológicos entre los hombres y las mujeres, sintiéndose insatisfechos, vacíos e inútiles por no poder cumplir con las expectativas públicas o, lo que es peor, percatarse de que ésta no es la sociedad libre y democrática que anhelaban al encontrarla carente de todo sentido y sometida a un insulso y agrio frenesí causante de una monótona desazón. ¿Qué sucede con los individuos que no desean y no comparten los valores que el liberalismo burgués ha impuesto como hegemónicos? La sociedad, ávida de mantener su status quo, juega su mejor baza: aparta a aquél que ofrece réplica al actuar por sí mismo y no según el criterio mayoritario. Ya no es una virtud tener criterio propio, sino que hay que dejar que el "consejo de sabios" piense por nosotros, ofreciéndonos a la par pan y circo frívolo - prensa rosa, politiqueos de poca monta, fútbol, corridas de toros, fiestas privadas estupendas y un larguísimo etcétera -, dirimiendo ellos los asuntos humanos, aquéllos que nos conciernen a cada uno de nosotros y que hemos cometido la imprudencia de dejar en manos de esta casta que se ha blindado con toda impunidad a posibles reproches y críticas.
Quizá he esbozado un panorama pesimista cercano al terror político de 1984, pero creo que es necesario que nos paremos, aunque sea por un lapso de treinta segundos diarios, a reflexionar acerca de nuestro mundo y nuestras circunstancias, dejando aparcada por unos instantes la frivolidad que se ha colado en nuestras vidas, impregnándolo todo de consumo, apariencias, vanos espejismos y una preocupante y acuciante idiotez. ¿Alguien se acuerda del humanismo de Terencio? Regresemos a él y volvamos a la humanidad.

sábado 1 de agosto de 2009

EL PROBLEMA ESPAÑOL

España, un Estado de Derecho del sur europeo que posee una diversidad nacional y, por ende, cultural rica y multiforme, mal que le pese al nacionalismo español que tan sólo considera como un rasgo genuino del país la nación castellano-andaluza, supeditando las demás naciones que integran el Estado a sus tiránicas exigencias, mostrando una preocupante intolerancia hacia todo aquello ajeno a la historia castellana y andaluza. España es la madre de la nación castellano-andaluza, catalana, gallega, navarra y vasca, con lo cual ofrece un variopinto paisaje histórico-cultural que podría existir pacífica y plácidamente si no se viera sometido a desmedidas e insolidarias exigencias (léase también despotismo) de sectores que, aunque tan sólo representan a una ínfima parte de las naciones catalana, gallega y vasca, zarandean continuamente los requisitos constitucionales encargados de posibilitar la hermandad de las diversas tradiciones culturales españolas, sin patriotismos exacerbados de ningún tipo de por medio. Digo podría porque dicha coexistencia pacífica aún está en trámites, sin haber conseguido aún su resolución efectiva, sino meramente retórica y, lo que es peor todavía, no compartida por todos los españoles (disculpen si les ofende que no me adhiera al lenguaje de la discriminación positiva que distingue los miembros de las miembras, pero es que considero que toda persona con un mínimo de raciocinio, independientemente de su sexo, se da por aludida al emplearse el término "miembro", con lo cual considero innecesario duplicar continuamente los vocablos para no herir sensibilidades), hallándonos aún demasiado lejos de la convivencia pacífica que muchos de nosotros anhelamos.
España, como bien he dicho al principio, es un Estado que ofrece una variedad cultural motivo de orgullo de cualquier ciudadano, independientemente de su lugar de origen, ya sea español o no, puesto que la cultura es un patrimonio de la Humanidad en sí y no debe enmarcarse en elitismos geográficos que la fracturan. No obstante, esta diversidad nacional no consigue siempre - diría que lo hace en contadísimas ocasiones - verse representada como es debido, empezando por nuestra Carta Magna, cuyos fundamentos se basan erróneamente en el modelo Estado-nación de raíz borbónica, fagocitando a todos los integrantes de nuestro Estado y recortándolos para poder ceñirlos a sus mandamientos. Es éste un motivo de discusión actual que ha generado no pocas controversias que, en mi opinión, están fuera de lugar: si según la definición canónica el término nación designa a un conjunto de personas que comparte una tradición histórico-cultural y una lengua comunes, independientemente de poseer Estado o no, España es un país plurinacional definido por las cinco naciones antes mencionadas. La problemática surge cuando, supongo que debido a una interpretación desafortunada, se observa con desconfianza el plurinacionalismo al considerarlo un síntoma de principio de separatismo en el seno del Estado, con lo cual se da un rechazo a que los estatutos de las autonomías catalana, gallega, navarra y vasca contengan sentencias como la siguiente: "Cataluña/Galicia/Navarra/País Vasco son una nación". Los sectores conservadores españolistas - por españolista entiendo al militante del nacionalismo castellano-andaluz que se basa en el modelo de una única nación, la suya, considerando las demás como "identidades nacionales" - creo que es éste el eufemismo que emplean en lugar de nación -, borrando así cualquier hipotético atisbo separatista e independentista. Supongo que el sector nacionalista conservador considera que los demás nacionalismos son todos de izquierdas, basándose siempre en la dicotomía discriminatoria, ya sea para bien o para mal, de las coordenadas derecha-izquierda, conservador-progresista. Sin embargo, los problemas no surgen sólo en el seno del nacionalismo conservador, sino también en los nacionalismos denominados separatistas, presentes en la vida política catalana, gallega y vasca - en Navarra no se da, afortunadamente, este hecho -. Su reivindicación fundamental es que una nación, para tener una existencia política real precisa de un Estado propio que la represente a ella en exclusividad, dejando a las demás naciones españolas a su suerte. No sé si por desconocimiento o malintencionadamente, dichos sectores separatistas no se han parado a pensar en que, Estados como Suiza, por ejemplo, pueden presumir de poseer una diversidad lingüístico-cultural con una convivencia pacífica que no genere fricción alguna entre sus regiones italiana, alemana y francesa. No, se ve que lo ignoran o hacen la vista gorda para lanzar un discurso vehemente para enaltecer la propia cultura en detrimento de las demás naciones españolas, verbigracia, el discurso independentista de Esquerra Republicana de Catalunya. Cada cual tiene el derecho como ciudadano de comulgar con la ideología política que considere adecuada con sus convicciones, siempre y cuando no muestre una irrespetuosa conducta para con los demás. ¿Por qué los nacionalismos separatistas vasco y catalán deben proferir improperios contra quienes no comparten su visión política y lanzar un discurso xenófobo enaltecedor de su cultura y ver al castellano como un tirano que los constriñe? Mas lo peor no es esto: lo que esconde el nacionalismo separatista es un interés económico, camuflado bajo un demagógico discurso que se remonta a los anales de los orígenes de su tradición histórico-cultural para reivindicar su independencia cultural, política y económica respecto a España.
Los nacionalismos separatistas recuerdan constantemente el régimen dictatorial que sufrió nuestro país durante 37 años, el franquismo. Obviamente, no creo que nadie en su sano juicio ansíe regresar a un régimen político caracterizado por la supresión de cualquier libertad individual que no se basara en sus dictados, la intolerancia, los asesinatos indiscriminados, el machismo más atroz que haya sufrido este país, el adoctrinamiento forzado del catolicismo, la homofobia y el intento de genocidio contra todos aquellos elementos culturales contrarios al patriotismo nacional, es decir, toda manifestación cultural no castellana. Pasados estos funestos 37 años, los demócratas se pusieron manos a la obra para curar las profundas heridas que las fuerzas franquistas hicieron a una maltrecha España, devolviendo a cada cual lo que le pertocaba mediante la elaboración de una Constitución, unos Estatutos Autonómicos y un régimen democrático. Pues bien, según qué sectores nacionalistas separatistas siguen denunciando una intromisión del Estado español - así es como denominan a un Estado que parece no ser el suyo -, sugiriendo un supuesto imperialismo, enarbolando los ánimos de los ciudadanos y ofreciendo pans et circens a aquéllos que aman la provocación sistemática y que muestran una intolerancia que echan en cara a España - ellos no son españoles, son una especie aparte, lo cual me parece perfecto, siempre y cuando no se ultraje al otro -.
Hay en nuestra España del 2009 dos posturas nacionalistas: la conservadora, partidaria del modelo centralista borbónico caracterizado con la artificial identificación del Estado con una nación, la mayoritaria a nivel político y económico, situando a las demás en segunda o tercera posición, priorizando la historia, cultura y lengua de la dominante, y una populista que se vende a sí misma como progresista, republicana, socialista - con previo cheque por delante, por favor -, y muy sensible con su cultura, conforme despotrica de la ajena (suerte que pedían que se valorase la diversidad y la diferencia), partidaria de enculturar a los niños en el monolingüismo, obviando una verdad como un templo: el bilingüismo pacífico es y será siempre posible y, si existe una lengua vehicular que permite que todos los ciudadanos de un Estado se entiendan, en este caso el castellano, ¿por qué no vamos a permitir que coexistan castellano, gallego, catalán y vasco? Viviendo en un mundo globalizado como el nuestro, la competencia lingüística en diversos idiomas es un bien y jamás un mal.
He hablado de dos posturas porque la tercera, la de la concordia, aún no ha llegado y creo que tardará en hacerlo por diversos motivos: en primer lugar, queramos o no admitirlo, seguimos con el fantasma de la execrable Guerra Civil muy presente, todavía latente, con una herida que no consigue cicatrizar por intereses políticos, hecho que provoca que todo lo español suene a franquista; en segundo lugar, se ha politizado la sensibilidad nacional hasta unos niveles impensables, haciendo un uso repulsivo de las raíces culturales de los españoles, politizándolos hasta niveles inauditos; en tercer lugar, el actual gobierno del PSOE ha vendido su alma a los intereses de cuatro demagogos con ínfulas de grandeza para mantenerse en el poder, aunque sea en una preocupante minoría parlamentaria, tachando a todo aquel que no esté de acuerdo con su postura de fascista y retrógrado; en cuarto lugar, la casta política crea entelequias continuamente, dando vueltas siempre sobre la plurinacionalidad de España, descalificándose continuamente los miembros de los partidos que forman el bipartidismo español, PP y PSOE, incapaces de llegar a un mínimo acuerdo en esta temática y en ninguna otra; en cuarto lugar, se está cuestionando la libertad lingüística de los castellanohablantes que viven en Cataluña, aprobando leyes ¿educativas? preñadas de un fanatismo catalán que teme perder no se sabe muy bien qué, eliminando paulatinamente el castellano e imponiendo el monolingüismo catalán (¿no le recuerda a alguien la imposición de la lengua a otra época?), y en quinto lugar, hemos sido testigos de la última patraña gubernamental con el sistema de financiación autonómica que, con un descaro impropio del Ejecutivo, favorece a Cataluña en perjuicio de los demás españoles, aunque, a pesar de que ERC se jacte de ser la artífice de la cifra destinada a Cataluña, no se sabe realmente qué cantidad percibirá cada comunidad autónoma porque una de las cláusulas del nuevo modelo de borreguismo autonómico establece que son cantidades sujetas a la coyuntura económica.
Con el percal que tenemos armado, ¿alguien ve una inmediata, próxima o quimérica solución al problema español o permaneceremos lapidándonos los unos a los otros ad eternum? Espero, deseo, ansío y anhelo que consigamos un pacto de Estado ecuánime y solidario que benefice a todos los españoles, sin patrañas, revanchismos, favoritismos y amenazas.